Apuntes para
enfrentar la adversidad desde la resiliencia[1]
“Superación”,
“aguante” “resistencia”, “adaptación” “recuperación” son todas palabras, entre otras
muchas, que se escuchan con bastante frecuencia en el contexto cotidiano del
transcurrir de la situación actual en la que vivimos. Todas ellas, al parecer
asociadas a una pregunta, ya abordada por la psicología social: [2]¿Qué
hace a las personas o las comunidades ser capaces de resistirse a la
destrucción y construir una vida significativa a pesar de la adversidad? Una
pregunta que se orienta a tres cuestiones asociadas al término resiliencia (que también empieza a
circular en el lenguaje).
Lo primero tiene que ver con la
frecuencia con la que nos referimos a las dificultades y problemas que hemos
tenido, tenemos y tendremos todos, al hecho de que alguna manera los hemos
sorteado con nuestros pocos o muchos recursos y apoyos. Lo segundo, es que en
nosotros se ha ido estableciendo una “capacidad” para darle una configuración a
las acciones que emprendemos para salir del atolladero y es justamente, más
allá de hacer una definición o un manual de resiliencia, lo que en principio
debemos reconocer en el nosotros colectivo que empieza por mí mismo, mi
familia, mi conjunto residencial, mi barrio, mi localidad, mi ciudad.
Lo tercero, son los referentes
“resistencia a la destrucción” y “construcción de vida significativa”. Dos
componentes claves de la capacidad que expresa la resiliencia: la resistencia
que está relacionada directamente con “protegerse de lo adverso” y la
construcción de vida significativa, como posibilidad de sobreponerse y salir
fortalecido frente a la situación que se presenta. Son en estos aspectos, en
los que justamente se quiere insistir, tanto en la comprensión de la actual
situación como en el fortalecimiento de nuestra capacidad de resiliencia.
Quedarnos en casa es el factor de
protección más importante, no solo por evitar el contagio sino porque genera
mentalmente la sensación de estar protegidos en nuestro nicho vital, el hogar.
Además, las interacciones que se han venido dando al interior de nuestras
familias, sin importar si son positivas o negativas, están definitivamente
elaborando un conjunto de experiencias “significativas” en tanto, están dándole
sentido a nuestra vida familiar. Quisiéramos que tales experiencias fueran
positivas, pero ninguno vivimos en el mundo posible ideal, al contrario, lejos
de darles una calificación, el tema es hacerlas presentes en las dinámicas que
tienen. Es con todo muy posible, que estemos lidiando con verdaderas guerras
familiares, con desencuentros que se habían ido postergando por falta de tiempo
para resolverlos o incluso haciendo reconocimiento de nuestras equivocaciones
en la crianza de nuestros hijos, solo por mencionar algunas situaciones.
Allí justamente, hay otra escena de
la situación adversa que vivimos, que debe activar nuestro pensamiento en
estrategias y acciones para intentar resolver las dificultades, perfeccionando
nuestros recursos, innovando nuestras estrategias, tal vez dándole evidencia a
algo que tiene refuerzo permanente en nuestro imaginario colectivo “que somos
muy recursivos y creativos”. En ese sentido, la resiliencia no solamente se
refiere a la superación de situaciones traumáticas sino a su posibilidad como
escudo protector que se ha ido construyendo de manera anticipada, que de hecho
estamos construyendo junto a nuestras familias y que están movilizando nuestras
acciones presentes.
Incluso cuando la estrategia, sea la de buscar ayuda
para sobrellevar nuestras dificultades, la importancia de nuestra fortaleza en
la resiliencia como capacidad es la de tenerla presente, de darle cabida a
nuestra historia de vida en la que hemos con éxito superado las múltiples
dificultades que se nos han presentado.
[1] Juan Carlos Díaz Pardo.
Psicólogo Fundaimagen
[2] Werner y Smith (1989) citado
por Acevedo y Mondragón en Pensamiento psicológico. Vol 1, No. 5, 21-35
imagen. medium.com
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