lunes, 7 de septiembre de 2020

“Salí positivo… soy positivo”[1]

 





Reflexión sobre la construcción del medio social en tiempo de aislamiento 

“Creo que hay que pelear contra el miedo, que se debe asumir que la vida es peligrosa y que eso es lo bueno que la vida tiene para que no se convierta en un mortal aburrimiento”. Eduardo Galeano.

Tras cinco meses de “encierro” regulado por el gobierno nacional y local, los bogotanos completamos 168 días de aislamiento el 1° de septiembre, seguramente una cifra récord que permanecerá para el análisis de múltiples fenómenos sociales, económicos y mentales, sobre los cuales se ha iniciado diversas e interesantes reflexiones. Dada la naturaleza de la situación, la materialización de una pandemia mundial, por cierto, esperada como muchos otros fenómenos sociales que reposan en el imaginario colectivo de la humanidad, sería importante reflexionar sobre el miedo social como construcción representacional, que particularmente tiene expresión en el contagio al coronavirus. Una especie de suerte que se resume en la expresión “Sali positivo para el virus” y en una negativa que hace unos días escuché al subir a un ascensor: “para mí no fue…todavía”. La cara y sello de una tensión que tiene que ver con un temor fundamental humano, la muerte, que pone de presente su desplazamiento del ámbito personal al colectivo.

La psicología ha acuñado el concepto de “imaginario” como herramienta de estudio para abordar diversas problemáticas: Freud, Piaget, Jung y Lacan en la psicología; Bachelard, Cassirer y Castoriadis en la filosofía; Duby y Le Goff en la historia; Durand y Duvignaud en la antropología; y Moscovici y Jodelet desde la psicología social, muestran su riqueza y utilidad en la explicación de fenómenos sociales a partir de la consideración de lo imaginario como categoría de análisis. En particular, en las representaciones o imaginarios [2]  como conjunto de ideas, creencias, afirmaciones que hacemos sobre diferentes temas personales que prescriben nuestra práctica social y que compartimos con nuestro grupo social, bien sea en el ámbito familiar, de barrio, de localidad, de ciudad o país. Se trata de encuentros en la manera cómo entendemos y explicamos el mundo. Mencionar la diferencia territorial entre el sur y el norte, en una ciudad como Bogotá, puede orientarnos como ejemplo en el tema del imaginario social. Es sabido, que el norte como el lugar en el que viven los “ricos” se les asocia algunos imaginarios que se corresponden con múltiples interpretaciones: vive gente más educada, las casas son más costosas, las cosas son más costosas, entre otros. Se cuentan como imaginarios de los que hemos escuchado y por qué no empezamos a compartir.

En particular sobre lo urbano, como experiencia de vida en la ciudad se han venido profundizado diferentes e interesantes estudios que tienen como objetivo el análisis de complejas redes significativas que hacemos de la ciudad que habitamos, uno en particular sobre la vida y la muerte en la ciudad. La calle es el referente eje del encuentro con otros, de la posibilidad de la interacción social. Uno de los imaginarios sobre la calle es la posibilidad de perder la vida en ella o mejor de encontrar la muerte. Es poderoso, en la fuerza de los medios de comunicación un persistente referente que tiene como fórmula: “salió ese día de su casa sin saber que nunca regresaría…” alusión un poco al amarillismo con el que se presenta una realidad que ocurre en la ciudad, la de perderse o morir en la calle, en el anonimato y la indiferencia. Ese temor a no regresar, visto como imaginario se construye desde la noticia local y deriva en muchas circunstancias que alimentan prácticas sociales generalizadas, como el de evitar hablar con extraños, por ejemplo, o no recibirle nada a nadie.

 

En la situación de aislamiento que acabamos de pasar y en particular en la cuarentena con el lema “quédate en casa” la calle resuena como lugar peligroso, en el que nos podemos contagiar, en el que nos podemos encontrar con extraños que son “positivos”[3] que pueden contagiarme. Sin duda, las implicaciones son bastantes, no solamente en el tema de la calle como lugar de riesgo, sino de la propia casa como lugar poco seguro cuando se conocen las cifras de violencia intrafamiliar, la presencia de riñas y accidentes en casa. La cuestión vista desde el imaginario social empieza a enfrentarnos a tensiones personales que debemos empezar a resolver, echando mano de un sentido común que resulta ser el menos común de los sentidos. Salir por la presión social de trabajar y obtener el sustento vital. El encuentro con el otro, posible portador que me puede contagiar. Salir a respirar después del encierro, a hacer ejercicio, permitir que nuestros hijos se reencuentren con compañeros y profesores en el colegio, en fin, retomar la vida “normal” que teníamos empezando el año.

El miedo social, presente como se ha señalado en los peligros del mundo urbano, tiene entonces, un argumento que suma a la sensación de inseguridad extrema, en la que la idea de representación que se promueve en la llamada fase de mitigación de la pandemia, es la de “comportarnos como si todos tuviéramos el virus”. Una idea bastante fuerte que continúa haciendo impacto en la ya frágil condición mental de los habitantes de ciudad, como la ha sido las cifras de la pandemia, el número diario de muertes o la imagen de las calles desoladas. En nuestra nueva realidad, y pese a lo expuesto, la opción ahora es la gestión personal, el poner en práctica el aprendizaje más importante obtenido a lo largo de los últimos cinco meses: el autocuidado. La mitigación del miedo, que tuvo y tiene expresiones sociales en el rechazo y agresión al personal médico, por ejemplo, incluye el fortalecimiento personal en los comportamientos “auto” que serán definitivos para seguir haciendo tránsito en este tramo de la historia que estamos viviendo. El sentido de ser responsables, en la expresión esencial del sí mismo que debe alcanzar a los demás. El salir “positivo para ser positivo” como forma de contribuir al cuidado del sentido colectivo, que es el indicador más representativo de la madurez de una ciudad; cuando los comportamientos individuales se orientan al logro de objetivos sociales.

Hagamos un breve examen de las “ideas fuerza” con las que estamos asumiendo nuestra situación particular y personal, identifiquemos los temores y miedos que tienen fuente, no tanto en el contagio del virus, como en la muerte como causa extrema de padecerlo e incluso de transmitírselo a nuestros seres queridos. Que la experiencia, que estamos viviendo tenga balance positivo en la valoración de la vida, en la experiencia de integrarnos con los demás, en la comprensión de que el trabajo, la economía, la ganancia, la diversión, el encuentro social e incluso el placer, no están por encima del valor de la vida, que justamente lo tiene porque tiene su límite en la muerte, no como fin sino como sentido. Sobre la muerte y el duelo, será necesario regresar más adelante. Por ahora, retomar la idea del filósofo Antanas Mockus, en tiempos de la cultura ciudadana, que oxigenó en su momento, los imaginarios sociales del momento: LA VIDA ES SAGRADA.                              



[1] Juan Carlos Díaz Pardo. Psicólogo Equipo FUNDAIMAGEN.

Psicofundaimagen.jdiazp@gmail.com 

[2] Hacemos uso indistinto de los conceptos “representación” – “imaginario” tal y como se presenta en el contexto de la psicología social, a pesar de que existen intentos por situarlas con diferencias específicas.  

[3] Llama la atención la trasmutación del término “ser positivo” como presencia de cualidades personales, al término “ser positivo” como portador del virus letal que puede infectar a otros. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario