Reflexión sobre la construcción del medio social en tiempo
de aislamiento
“Creo que
hay que pelear contra el miedo, que se debe asumir que la vida es peligrosa y
que eso es lo bueno que la vida tiene para que no se convierta en un mortal
aburrimiento”. Eduardo Galeano.
Tras cinco meses de “encierro” regulado por el gobierno nacional
y local, los bogotanos completamos 168 días de aislamiento el 1° de septiembre,
seguramente una cifra récord que permanecerá para el análisis de múltiples
fenómenos sociales, económicos y mentales, sobre los cuales se ha iniciado
diversas e interesantes reflexiones. Dada la naturaleza de la situación, la
materialización de una pandemia mundial, por cierto, esperada como muchos otros
fenómenos sociales que reposan en el imaginario colectivo de la humanidad,
sería importante reflexionar sobre el miedo social como construcción
representacional, que particularmente tiene expresión en el contagio al
coronavirus. Una especie de suerte que se resume en la expresión “Sali positivo
para el virus” y en una negativa que hace unos días escuché al subir a un ascensor:
“para mí no fue…todavía”. La cara y sello de una tensión que tiene que ver con
un temor fundamental humano, la muerte, que pone de presente su desplazamiento
del ámbito personal al colectivo.
La psicología ha acuñado el concepto de “imaginario” como herramienta
de estudio para abordar diversas problemáticas:
Freud, Piaget, Jung y Lacan en la psicología; Bachelard, Cassirer y Castoriadis
en la filosofía; Duby y Le Goff en la historia; Durand y Duvignaud en la
antropología; y Moscovici y Jodelet desde la psicología social, muestran su
riqueza y utilidad en la explicación de fenómenos sociales a partir de la
consideración de lo imaginario como categoría de análisis. En particular, en
las representaciones o imaginarios [2] como conjunto de ideas, creencias,
afirmaciones que hacemos sobre diferentes temas personales que prescriben
nuestra práctica social y que compartimos con nuestro grupo social, bien sea en
el ámbito familiar, de barrio, de localidad, de ciudad o país. Se trata de
encuentros en la manera cómo entendemos y explicamos el mundo. Mencionar la
diferencia territorial entre el sur y el norte, en una ciudad como Bogotá,
puede orientarnos como ejemplo en el tema del imaginario social. Es sabido, que
el norte como el lugar en el que viven los “ricos” se les asocia algunos
imaginarios que se corresponden con múltiples interpretaciones: vive gente más
educada, las casas son más costosas, las cosas son más costosas, entre otros.
Se cuentan como imaginarios de los que hemos escuchado y por qué no empezamos a
compartir.
En particular sobre lo urbano, como
experiencia de vida en la ciudad se han venido profundizado diferentes e
interesantes estudios que tienen como objetivo el análisis de complejas redes
significativas que hacemos de la ciudad que habitamos, uno en particular sobre
la vida y la muerte en la ciudad. La calle es el referente eje del encuentro
con otros, de la posibilidad de la interacción social. Uno de los imaginarios
sobre la calle es la posibilidad de perder la vida en ella o mejor de encontrar
la muerte. Es poderoso, en la fuerza de los medios de comunicación un
persistente referente que tiene como fórmula: “salió ese día de su casa sin
saber que nunca regresaría…” alusión un poco al amarillismo con el que se
presenta una realidad que ocurre en la ciudad, la de perderse o morir en la
calle, en el anonimato y la indiferencia. Ese temor a no regresar, visto como
imaginario se construye desde la noticia local y deriva en muchas
circunstancias que alimentan prácticas sociales generalizadas, como el de
evitar hablar con extraños, por ejemplo, o no recibirle nada a nadie.
En la situación de aislamiento que acabamos de
pasar y en particular en la cuarentena con el lema “quédate en casa” la calle
resuena como lugar peligroso, en el que nos podemos contagiar, en el que nos
podemos encontrar con extraños que son “positivos”[3] que
pueden contagiarme. Sin duda, las implicaciones son bastantes, no solamente en
el tema de la calle como lugar de riesgo, sino de la propia casa como lugar
poco seguro cuando se conocen las cifras de violencia intrafamiliar, la
presencia de riñas y accidentes en casa. La cuestión vista desde el imaginario
social empieza a enfrentarnos a tensiones personales que debemos empezar a
resolver, echando mano de un sentido común que resulta ser el menos común de
los sentidos. Salir por la presión social de trabajar y obtener el sustento
vital. El encuentro con el otro, posible portador que me puede contagiar. Salir
a respirar después del encierro, a hacer ejercicio, permitir que nuestros hijos
se reencuentren con compañeros y profesores en el colegio, en fin, retomar la
vida “normal” que teníamos empezando el año.
El miedo social, presente como se ha señalado
en los peligros del mundo urbano, tiene entonces, un argumento que suma a la
sensación de inseguridad extrema, en la que la idea de representación que se promueve
en la llamada fase de mitigación de la pandemia, es la de “comportarnos como si
todos tuviéramos el virus”. Una idea bastante fuerte que continúa haciendo
impacto en la ya frágil condición mental de los habitantes de ciudad, como la
ha sido las cifras de la pandemia, el número diario de muertes o la imagen de
las calles desoladas. En nuestra nueva realidad, y pese a lo expuesto, la
opción ahora es la gestión personal, el poner en práctica el aprendizaje más
importante obtenido a lo largo de los últimos cinco meses: el autocuidado. La
mitigación del miedo, que tuvo y tiene expresiones sociales en el rechazo y
agresión al personal médico, por ejemplo, incluye el fortalecimiento personal
en los comportamientos “auto” que serán definitivos para seguir haciendo
tránsito en este tramo de la historia que estamos viviendo. El sentido de ser
responsables, en la expresión esencial del sí mismo que debe alcanzar a los
demás. El salir “positivo para ser positivo” como forma de contribuir al
cuidado del sentido colectivo, que es el indicador más representativo de la
madurez de una ciudad; cuando los comportamientos individuales se orientan al
logro de objetivos sociales.
Hagamos un breve
examen de las “ideas fuerza” con las que estamos asumiendo nuestra situación particular
y personal, identifiquemos los temores y miedos que tienen fuente, no tanto en
el contagio del virus, como en la muerte como causa extrema de padecerlo e
incluso de transmitírselo a nuestros seres queridos. Que la experiencia, que
estamos viviendo tenga balance positivo en la valoración de la vida, en la
experiencia de integrarnos con los demás, en la comprensión de que el trabajo,
la economía, la ganancia, la diversión, el encuentro social e incluso el
placer, no están por encima del valor de la vida, que justamente lo tiene
porque tiene su límite en la muerte, no como fin sino como sentido. Sobre la
muerte y el duelo, será necesario regresar más adelante. Por ahora, retomar la
idea del filósofo Antanas Mockus, en tiempos de la cultura ciudadana, que
oxigenó en su momento, los imaginarios sociales del momento: LA VIDA ES
[1] Juan Carlos Díaz Pardo.
Psicólogo Equipo FUNDAIMAGEN.
[2] Hacemos uso indistinto de los
conceptos “representación” – “imaginario” tal y como se presenta en el contexto
de la psicología social, a pesar de que existen intentos por situarlas con
diferencias específicas.
[3] Llama la atención la
trasmutación del término “ser positivo” como presencia de cualidades
personales, al término “ser positivo” como portador del virus letal que puede
infectar a otros.

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